El maestro que pintaba barquitos, Manolo Ñíguez

Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Cuando tienes 13 años, un señor con bigote aparece en la clase, se presenta como Manolo y ya está, es el profesor Manolo, no te planteas ni cómo se llama de apellido, ni cuántos años tendrá, ni si está casado y tiene familia…  simplemente es Manolo y tiene bigote.

Esta semana, 27 años después, me entero de que se llamaba Ñíguez de apellido y de que ha muerto con 55 años, es decir, que era un crío de 28 cuando me dio clase.  Y ya era un pedazo de profesor.

Este martes, 3 de diciembre, entré en un aula por primera vez como profesora de prácticas. Entre una clase y otra, miré mi correo y me encuentro conque ha vuelto a activarse el grupo de antiguos alumnos de Jesuitinas, por desgracia, para contar que Manolo ya no está.  Leyendo los mensajes del grupo y los que he visto en algunas redes sociales, es fácil darse cuenta de que siguió siendo un gran profesor toda su vida y que ha marcado a generaciones de alumnos.

A lo largo de los meses que llevo estudiando el Máster de Secundaria, con estrategias de enseñanza, metodología, nuevas tecnologías… me he acordado mucho de mis malos maestros y, sobre todo, de mis buenos maestros.   Me hablaban de cómo contextualizar una época histórica con una presentación en power point o un vídeo y yo volvía a mis 13 años, clase de historia y Manolo moviéndose a lo largo de toda la pizarra (de las de antes, de las de tiza) pintando barquitos y flechas.  Nos estaba contando la batalla de Lepanto, aquella en la que Cervantes se quedó manco.  Había barcos españoles y barcos turcos, unos llegaban por un lado y otros por el contrario y Manolo nos lo contaba tan entusiasmado, que casi oías las balas de los cañones.

imagen de Wikipedia

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Seguro que nos enseñó muchas más cosas. Seguro que las chicas de baloncesto (yo era de voleibol) recuerdan escenas parecidas pintando jugadas o estrategias.  Todos lo consideran el alma mater del baloncesto femenino en la Región. Para mí es el señor de bigote que me enseñó a contar cualquier historia con tanto entusiasmo que nadie se pueda quedar indiferente y que a los niños, como era yo a los 13 años, hay que escucharles.

Hasta siempre, Manolo

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