Mi hermana y el pintor Párraga

Cuando alguien se muere y decide que tiren sus cenizas, deja a su familia “huérfana de cementerio”.  Un día como hoy, en el que todo el mundo se va a visitar a sus fallecidos, nosotros no tenemos dónde ir. Pero Celia lo quiso así.

Así que el año pasado, unos días antes del 1 de noviembre, mi hermano me llamó para preguntarme qué íbamos a hacer en Todos los Santos. Y me acordé. Sí que tenemos a dónde ir, no para contemplar una lápida, sino para que te miren directamente los ojos de mi hermana, tal y como los pintó Párraga.

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Hace muchos años, en el 78, Párraga era un pintor al que le encargaron los murales de la iglesia de Capuchinos.  Llegó allí, me lo imagino cargado de bártulos y con el caos que siempre le rodeaba, y se puso a contar la historia de San Francisco como sólo él podía contarla.  En uno de los murales, necesitaba un angelito y le dijo al cura:  “¿Por qué no me traes a un niño de la guardería? Uno que se porte bien”.  Y el cura le trajo a mi hermana. Tenía dos años y a pesar de que era más buena que el pan, con esa edad no es fácil que posen, así que Párraga le tomó unos apuntes y luego pidió una foto para seguir.

Celia disfrazada 1978

De pequeñas, cuando íbamos a esa iglesia, jugábamos a ver quien de las dos encontraba antes al angelito.  Y hubo un momento en que llegué a creer que era una historia inventada, que aquella cabecita no era la de Celia, como si fuera una leyenda.

En 1996, entré a trabajar en Onda Regional y Párraga venía a unas tertulias los viernes.  Cuando le conté que había pintado a mi hermana en aquellos murales, no se podía creer la casualidad. “¿En serio? ¿aquella cría rubia era tu hermana? ¿Y qué edad dices que tiene?, ¿20?, me la tienes que traer”.  Y se la traje.  Mi hermana y el pintor se conocieron (o volvieron a conocerse) y pasamos un rato riéndonos, porque reirse es lo que uno hacía cuando hablaba con Párraga y lo que uno hacía cuando hablaba con Celia.

Un día apareció en la radio con dos cuadros, en uno ponía por delante “a Marta Ferrero” y en el otro, por detrás, “a la hermana de Marta Ferrero”, porque en ese momento no se acordaba de su nombre y el maestro era un hombre espontáneo que no se podía esperar.   Párraga murió unos meses después y Celia y yo nos hartamos de llorar, como si fuera alguien de la familia.

Cuando el año pasado fuimos a la iglesia, nos encontramos con que habían preparado unas carpetas para conmemorar el aniversario de los murales.  Allí explicaban qué y cómo quiso contar Párraga la historia del santo y aparecía la anécdota de mi hermana.

Simplemente, me apetecía compartirla.

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8 Respuestas a “Mi hermana y el pintor Párraga

  1. una anécdota preciosa… me alegro que Celia y Párraga se conocieran, tuvo que ser muy especial… un abrazo enorme. Serás “huérfana de cementerio” como tú dices, pero lo que seguro que no eres es “huérfana de amigos y de gente que te quiere”

  2. Qué bonita historia. Qué emocionante (porque emociona) esta anécdota que cuentas. Con lo poco de iglesias que soy… me han dado hasta ganas de visitar esa iglesia de los capuchinos por ver los ojos de Celia. Un beso y gracias por compartirla. Ramon GdR

  3. Hace tiempo que no os veo y sin embargo formáis parte de de gran parte de mis recuerdos de infancia y juveniles de veraneo (en Torrevieja).
    Me parece precioso y “de justicia” que un gran pintor tuviese una gran modelo para pintar un ángel.
    Me has hecho llorar recordando tantas cosas, y a la vez, me has refrescado y alegrado los recuerdos de y con vosotras.

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