La petición de mano

A estas alturas casi todos sabéis que la familia de mi marido tiene un restaurante que suele estar plagado de guiris (Dios los bendiga). Este verano, una noche de sábado, yo caminaba distraída mirando mi móvil cuando casi me tropiezo con un señor (guiri él) que estaba de rodillas en el suelo. Por un momento pensé que se había caído, pero el que tuviera una caja con un anillo dentro y una señora (guiri ella) gritando emocionada “Ay, Charles”, me hizo cambiar de opinión.  Había estado a punto de fastidiar un momento único, emocionante y romántico de una pareja.  No sé por qué el hombre decidió que España, Rebate en concreto, en el pasillo sin asfaltar que lleva a la terraza del restaurante y con sus padres o suegros detrás, era el mejor momento para declararse, pero lo hizo y tuvo suerte porque yo no me estampé contra él y además, ella dijo que sí.

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Nunca he entendido esas escenas de película en las que él elige un lugar muy romántico o una forma sorprendente y dice aquello de “harías el honor de casarte conmigo” o algo más cursi todavía. Yo, que soy una chica muy práctica, siempre pienso: pero lo habrán hablado antes, ¿no?

A lo mejor yo soy rara, pero si tienes una relación con alguien que jamás ha pronunciado la palabra matrimonio, ni vivir juntos, ni formar una familia y de pronto te organiza un tinglado impresionante y se pone de rodillas y te planta un anillo (o te lo mete en el postre o alguna otra guarrada semejante) y con público, yo le digo que no.  Por principios, porque esas cosas no se hacen sin consultar.  Estamos acostumbrados a que en las películas ella siempre dice que sí, pero no soy la única que piensa que esas no son formas de proponer algo que supone decidir el resto de tu vida.

Antes este tipo de declaraciones (en España diríamos petición de mano) sólo pasaban en las películas y en EEUU. Esta chica pasa la vergüenza de decir que no delante de un estadio con 40 mil personas. ¿Tanto te costaba haber tanteado antes el terreno, alma de cántaro?

y este es todavía peor, porque la chica hace lo que puede por ahorrarle el ridículo, le intenta poner en pie, le pone cara de “me voy a morir”, pero nada el chico no lo pilla. (Por cierto que dicen que lo de este vídeo es un montaje, pero ilustra muy bien lo que quiero decir).

Y mirad esta, la pobre diciendo que no desde el principio: “no me hagas esto, en público no”, y él, nada, que no se entera

Visto lo visto, Charles tuvo mucha suerte. A pesar de que no se esperó a estar en la mesa cenando con música o algo así, a pesar de que aprovechó ¡una cena con padres! para pedir matrimonio a la mujer de su vida y de que se tiró al suelo tan de repente que una chica que pasaba por allí (yo) casi se lo come, a pesar de todo, ella dijo que sí. La periodista que hay en mí se quedó con ganas de preguntarle: 1) esto lo habíais hablado antes, ¿verdad? 2) ¿estos señores de detrás son los padres de Charles o los futuros suegros de Charles? 3) ¿en serio tenías que hacerlo delante de ellos? 4) ¿cómo sabes que le cabrá el anillo?

La madre que hay en mí le habría dicho: ¿te has hecho daño en la rodilla? ¿Te vas a sentar en la mesa así, con todo el pantalón manchado de tierra?

Por supuesto, no le hice ninguna de esas preguntas, primero porque no quiero que me prohiban la entrada al restaurante y, segundo, porque aún no hablo sueco.

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