Los caminadores mañaneros

Este verano mi espalda hizo “crack”. No literalmente, porque en realidad no hubo crujido, simplemente, me agaché a cambiarme de zapatos y me quedé en ángulo recto sin poder levantarme. Fue al llegar al trabajo. Soy muy maniática para conducir y utilizo unos zapatos que tengo en el coche (vale, son unos zuecos de color rosa). Con esos zapatos no debo ir a ningún sitio fuera del coche (aunque a veces lo hago) así que me pongo otros al llegar.

Me quedaban cuatro días para las vacaciones, cuatro programas de más de cuatro horas hasta la libertad. Me levanté como pude y aguanté toda la mañana con una cara que era parecida a la que ponen los bebés cuando se comen un limón. Me llevaron a la mutua en Unidad Móvil (eso es glamour, y lo demás son tonterías), me pincharon y la médico me dijo: “venga, y mañana a trabajar, que total estás todo el rato sentada”. La odio un poco.

El caso es que en cuanto me dieron las vacaciones, decidí que tenía que empezar a moverme. Me faltan unos meses para cumplir 40. Si fuera un hombre, a lo mejor me compraba un deportivo y me enrollaba con una de 20, pero soy una mujer, y me he propuesto caminar todos los días.

Empecé en el campo, en el maravilloso entorno de Rebate (enlace patrocinado por mi marido). A primeras horas de la mañana (ya sabéis que soy una madrugadora extrema) y si vas en silencio, te cruzas con conejitos y con perdices y escuchas de vez en cuando los disparos de los cazadores. Mi marido me asegura que no son peligrosos y que es imposible que me dé una bala perdida, y yo confío en que no me lo diga porque me quiere cambiar por dos de 20. Para una hiperalérgica como yo es tremendo poder caminar por el campo sin estornudar, sin llorar, en fin, sin querer morirme.

Pero empezaba el cole y había que volver a Murcia, así que ahora mis caminatas son por la ciudad.  Me cruzo con un montón de gente todos los días haciendo exactamente lo mismo que yo. Por supuesto hay varios tipos de personas caminantas (los que corren se ve que están en otro sitio o a otra hora).

  • Las chicas de 40, que acaban de pasar por una contractura de espalda (no soy la única)
  • Los señores jubilados que acaban de pasar por un infarto (o algo similar)
  • Los señoras que salen de dos en dos y en realidad no quieren caminar rápido, sólo charlas y regresar pensando que han hecho ejercicio
  • Los que sacan a pasear al perro
  • Un señor marrano que va con vaqueros, camisa y zapatos sudando como un cerdo y seguro que luego no se cambia
  • No hay barbies de gimnasio, ni una. De esas que van pintadísimas y con un top enseñando el ombligo. Por lo visto esas son fauna de interior (en el exterior a lo mejor se despeinan)
  • Y luego está: ÉL, el Fernando Alonso de los paseadores, el “humillaneitor” de las chicas de 40. Un señor que debe de tener como 70 años y que TODOS LOS DÍAS me adelanta.

Paseador

El primer día iba delante de mí y de pronto casi le perdí de vista, pensé, será que él no ha tenido que pararse en el paso de cebra. El segundo día ya me resultó evidente que el tío es rápido como él solo.  Hoy he intentado seguir su ritmo y lo he aguantado un rato, hasta que me ha adelantado sin compasión. Y mientras le veía irse (no puedo decir que dejando el polvo del camino tras de sí, porque no estamos en el campo) le he hecho esta foto. Seguiré coincidiendo con él, espero y prometo que antes de volver al trabajo, conseguiré adelantarle o le pararé y le haré una entrevista (lo que me cueste menos trabajo).

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