Historias de ascensor

Esta mañana he vuelto a subirme a un ascensor. Antes era una cosa que hacía todos los días. Me crié en el 7º piso de un edificio que tenía dos ascensores y un montacargas. Eran muuuy lentos y por la mañana temprano, cuando íbamos al colegio, el trayecto del 7º al bajo daba para un montón de cosas: ponerse los pendientes, atarse los zapatos, meter los libros en la mochila, pintarse los labios (en el caso de mi hermana). Me parece que no tenía espejos, no hay nada más terrible que los espejos verdosos de los ascensores que te devuelven una imagen aún más de gorda con ojeras que la que tú le envías.

Recuerdo que cuando mi madre volvía de la tienda, a eso de las nueve de la noche, siempre llamaba al telefonillo. No le he preguntado nunca por qué, seguro que llevaba llaves, pero ella tocaba y entonces, Celia o yo decíamos “¿Quién es?” como si pudiera ser alguien más y ella contestaba “Mamá”. Entonces la que había cogido el telefonillo abría la puerta corriendo y llamaba a los dos ascensores y al montacargas.  Así teníamos la eternidad que el ascensor tardaba en llegar al 7º, la eternidad que tardaba en bajar cuando lo reclamaba mi madre y otra vez para subir con ella. Serían unos 5 minutos, pero nos daba tiempo a montar un “zafarrancho de combate” y ordenar todo lo que hubiéramos desordenado de la casa.

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Nos veo a las dos corriendo como locas muertas de risa.  Es curioso que cuando eres pequeña no controlas nada el tiempo y la llegada de mi madre, siempre a la misma hora, siempre nos sorprendía. Por supuesto, nada más entrar por la puerta, veía justo aquello que no habíamos metido en su sitio, pero ese es un superpoder de madre que se adquiere con el tiempo (yo ya empiezo a tenerlo).

También me acuerdo de las terribles “conversaciones de ascensor”, esos momentos larguísimos en los que estás encerrada con una vecina con la que no tienes ganas de hablar, pero es obligatorio hacerlo. Sabes positivamente que ella o él tampoco tienen ningún interés en decirte nada, pero la educación obliga.  Mi edificio era un poco especial, porque en él sólo vivían militares, con lo que todos los papás eran compañeros de trabajo y todos los niños coincidíamos en la piscina en verano.  Yo era la empollona oficial. Seguro que había más que sacaban buenas notas, pero no sé por qué, yo era la “lista” del edificio y eso significaba que todos te preguntaban cuántos sobresalientes habías sacado  y que a alguna vecina la dejaban salir hasta más tarde, porque regresaba conmigo. Yo era Martita, la chica buena y formal.  Era una responsabilidad terrible. Sé que a estas alturas habrá un puñado de comandantes y coroneles decepcionados porque no llegué a notario o a médico.

Pero yo estaba hablando de ascensores. En mi Colegio Mayor había uno. Yo casi no lo cogía porque me tocó habitación en el primer piso, pero me quedé muy sorprendida de la expectación que creaba. Las chicas se peleaban por subir en él o les daba un miedo terrible. Muchas era el primer ascensor que veían en su vida.  Sencillamente, en sus pueblos nadie tenía uno y tampoco había tiendas grandes que lo necesitaran.  Cada curso  (estuve allí tres) pasaba lo mismo: chicas de 18 años que se metían con ilusión o con claustrofobia en esa caja que también tardaba horrores en hacer su trabajo.

Llevo 15 años viviendo en un edificio sin ascensor, así que procuro que de vez en cuando mis hijos se suban a uno, para que no lleguen a la universidad y flipen, o lo llamen a gritos como en los chistes. Cada vez que alguien suelta el anglicismo ese de “elevator pitch” yo me imagino a mis pobres compañeras del Colegio Mayor intentando vender su idea mientras superan su miedo, o a mi hermana pintándose los labios o a mí intentando esconder mis sobresalientes… Una de las claves es contar tu proyecto en pocos minutos, se nota que el que lo inventó no ha conocido los trastos que he conocido yo. En ellos te daba tiempo a dar una conferencia con preguntas y todo.

Por cierto, en el ascensor de esta mañana, he dicho buenos días y he mirado mi móvil para no tener que hablar. Me daba miedo que alguno de los dos desconocidos que han subido conmigo me preguntaran: “¿qué tal en el cole?”.

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3 Respuestas a “Historias de ascensor

  1. Los ascensores dan para muchas historias. Y si no, que se lo digan a Ibáñez, que hacía un gag semanal en 13 rue del percebe.

    Está bien lo de acostumbrar a los zagales al ascensor para que vean mundo. Y de paso, convendría montarles en las escaleras mecánicas de vez en cuando, que eso también marca. La primera vez, parece que te van a tragar. http://pinterest.com/pin/206110120417426050/

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